Abuso de poder

lunes, 10 de septiembre de 2007

ABUSO DE PODER
El fenómeno social del poder puede llegar a producir fascinación. Lo experimentamos mientras observamos el desempeño de líderes políticos, deportivos, musicales, militares e incluso personas comunes y corrientes. Hay psicólogos que califican por encima de la media su motivación hacia la adquisición y uso del poder. Como muchos de los fenómenos que nos embelesan el poder posee simultáneamente facetas ambivalentes. Ha sido una característica esencial de la sociedad humana, a través de la historia y en los escenarios contemporáneos atestiguamos su naturaleza dual. Por un lado, los líderes que ejercen el poder, proyectan cierta forma de autoridad, intervienen para facilitar las metas de grupo en algunos casos, estos líderes carismáticos nos sirven de inspiración. En el otro extremo, el poder también puede implicar el ejercicio de la crueldad y de formas coercitivas de comportamiento. Es un hecho bien conocido por los psicólogos, pero quizá no lo suficientemente estudiado, que el poder transforma a las personas, siendo la Corrupción una de sus facetas. Lords Acton en su declaración de 1948 (multicitada y familiar pero no siempre adecuadamente citada) nos recordaba: el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe de manera absoluta (pp. 364). Ante los fenómenos de naturaleza dual nos hemos acostumbrado a resolver esta ambivalencia tratando de separar lo bueno de lo malo y después estableciendo los límites del poder positivo contra el negativo (bondad vs maldad). Tradicionalmente en el campo de la investigación psicológica se ha planteado la pregunta: ¿cómo podemos usar el poder sin abusar de él? La realidad social ilustra que muchas veces los aspectos positivos y negativos del poder pueden estar entretejidos de maneras muy complejas, lo que hace desde un punto conceptual y práctico muy difícil separarlos. De acuerdo con Bertrand Rusell (1938, pp. 185) ésta fue la base de los taoistas quienes congruentes con su postura promulgaron el anarquismo como una forma de evitar o de boicotear el poder. En esta misma línea de pensamiento el líder político romano Adriano preguntaba: ¿qué podemos hacer contra la fuerza sin recurrir a la fuerza? El análisis de la imposibilidad de substraer la fuerza al ejercicio del poder, encabezado por Schmookler (1984) sugería que la respuesta un tanto cínica a este planteamiento tendría que ser: realmente, no mucho. Luego entonces ¿qué variables podrían ser las candidatas para moderar el poder?

De acuerdo con el psicólogo McClelland (1975) la inclinación hacia el poder podía dividirse en una modalidad socializada (ayudar, liderazgo organizacional) y personalizada (dominancia personal), incluso llegó a construir un cuestionario para medir la motivación del poder de ayudar como una forma para detectar a los lideres positivos.
Pero, ¿realmente puede moderarse el poder?, ¿podemos lograr qué una persona con inclinaciones autoritarias las modere o no las ejerza en perjuicio de sus subordinados?
Según los especialistas (Schmookler, 1994) lo que al principio comienza como una ayuda altruista y benéfica fácilmente puede convertirse en explotación, particularmente cuando permanecen las situaciones estructurales subyacentes, sin importar que el trato sea cortés, siendo las relaciones con los particulares inherentemente desiguales. Las actitudes paternalistas y otras ideologías justificadoras en nuestra tradición nacional del autoritarismo han estado atrás para justificar diferentes modalidades del abuso de poder.
Vale la pena recordar el debate político de 1984 (antes de su proceso de conversión y abandono de la adicción en 1986) del entonces vicepresidente George W. Bush quien se dirigió de una manera muy condescendiente y arrogante a su contrincante Geraldine Ferraro diciéndole: déjame echarte una manita. Las personas poderosas tienen o pueden crear un amplio repertorio de mitos legitimizadores para disfrazar su poder y sacar más ventajas de quienes son sus objetos de poder. En este sentido, un problema fundamental del poder (puede ser que todas las modalidades de poder incluido el poder benéfico) es que posee un potencial intrínseco hacia el abuso o su ejercicio abusivo. Para comprender porque el poder conlleva este problema fundamental puede ser de utilidad examinar la experiencia interna, la fenomenología del poder, la pregunta sería ¿qué siente una persona cuando ejerce el poder? ¿qué se siente al ser poderoso?
En cierto sentido, podemos delimitar que la experiencia fenomenológica central del poder está relacionada con la experiencia de que algo o alguien se mueve por virtud de nuestra voluntad, más que por la voluntad de los actores. En este sentido, los fenómenos sociales que son dinámicos, variables, impredecibles y temporales; se transforman en fijos, predictibles y permanentes por el ejercicio del poder. Es básicamente la diferencia entre fenómenos con vida propia y los que tienen una vida prestada o artificial .
La evidencia y los testimonios nos muestran que las agrupaciones políticas, administrativas, religiosas e incluso las académicas y científicas pueden ser contaminadas por el ejercicio abusivo del poder. Algunos han sugerido que el poder puede ser contenido y regulado a través de controles democráticos; sin embargo, estas estructuras sociales también son frágiles y pueden ser corrompidas por algunas modalidades de ingeniería social como la rica herencia del autoritarismo; así como, por el mismo poder. Hay que recordar que en 1933 el partido nazi llego al poder en Alemania a través de medios democráticos, legales y legítimos. Está claro que el poder es un fenómeno que se extiende mucho más allá de los límites de la disciplina psicológica.
Como nunca antes los medios de comunicación nos han acercado al fenómeno del abuso de poder personificado en lo que muchos llaman: América o los americanos que son casi más una imagen mental que un lugar real. La mayor parte de la humanidad nunca tendrá dinero y posibilidad de viajar a ese país y sin embargo, todos tienen alguna idea sobre este gigante americano, a menudo una mezcla de admiración y rechazo; el fenómeno dual que despierta la posesión y ejercicio contundente del poder. Para referirse a él, frecuentemente hemos escuchado que es un lugar muy rico en el que se disparan muchas pistolas. El mayor peligro de un país y en su medida de una persona poderosa lo constituye su arrogancia, su inclinación a sentirse más allá de las normas y de los consensos sociales. Nada es más peligroso que un redentor poderoso que no se siente correspondido por aquellos que ha rescatado. En los Estados Unidos de Norteamérica se ha observado que las personas son menos civiles y como ha declarado Putman (citado por Nye, 2003) la fiabilidad es el lubricante de la vida social y los lazos sociales densos facilitan la conversación y la confianza mutua, paralelamente el ejercicio abusivo del poder fractura y puede extinguir severamente estos ingredientes de la convivencia social.
Apropiarse de la palabra y negarla a los demás es el principio básico de la arrogancia, que tantos autores señalan como el mal americano. La justificación del mal americano (basado en el uso abusivo de la fuerza) fue la tolerancia. La alternativa fue la fuerza, los creyentes neoconservadores que hoy gobiernan a América han optado por la fuerza (Joseph, S. Nye, 2003).
El presidente que ha deseado una guerra con Irak y que se ha mostrado indispuesto a escuchar seriamente a cualquiera que tenga un punto de vista opuesto, ha cerrado su mente, independientemente de si alguno de estos que opinan diferente a él tuviera algo valioso que decir el presidente ni siquiera se ha enterado. El presidente Bush tuvo su guerra.
O están con nosotros o son terroristas, ha dicho el presidente Bush una y otra vez. Según el antiguo asesor de seguridad nacional Zbigniew Brzezinski, Bush ha pronunciado esta frase no menos de 99 veces desde el 11 de septiembre del 2001. Bush ha manifestado su desprecio por los tratados internacionales, ha declarado: estamos llamados a defender la seguridad de nuestra población y las esperanzas de toda la humanidad. Y aceptamos esta responsabilidad (Informe presidencial, enero 2003).
Los gobiernos imperiales inscritos en la tradición del autoritarismo por lo general se han visto obligados a ser muy tolerantes con la diversidad cultural y en ocasiones aun con las creencias, siempre y cuando éstas no supongan un peligro para su autoridad. Pero los dependientes también se someten al poder imperial con gusto, algunas veces, porque tienen acceso a algunos de los beneficios, uno de ellos es que un sistema autoritario a veces es mejor que la otra opción cuando ésta es una autocracia local.
Muchas veces no nos oponemos a la autoridad y al uso abusivo del poder de la autoridad cuando se favorece determinado uso de la fuerza; un uso justo e inteligente, el poder de los llamados líderes carismáticos.
El poder también involuciona, los imperios se desvanecen, la autoridad se desintegra y quienes tienen el hábito de la arrogancia se vuelven inevitablemente pagados de sí, codiciosos, producen mucho resentimiento, chocan con demasiados enemigos estratégicamente bien situados.
El secreto quizá este en utilizar el poder en nombre de la justicia, la democracia, la ciencia, todo lo que se pueda y luego como lo hizo el imperio británico en su caso, disponerse a desparecer de la escena sabiamente y entregar el poder con gracia a otros.
Es muy poco probable que en el futuro no haya sistemas autoritarios y que transitemos hacia la democracia en poco tiempo, pero lo ideal es que sean más incluyentes, menos brutales, con leyes que beneficien a la Sociedad y menos dados a invadir abiertamente la soberanía e identidad de otros grupos. Cuando el poder se te concede de pronto sin que tengas compromiso con una comunidad; cualquier individuo centrado fácilmente puede transitar hacia una conversión cognoscitiva que lo convencerá de que puede hacer todo lo que se le venga en gana, según una frase priísta del dominio popular: hay que ser más diablo, que diablo.
En fin, la tentación del Abuso de Poder, una vez adquirida, es un Hábito fuertemente nocivo para los que lo sufren, y para el que lo practica, además de nocivo para su psique y su salud (recordemos el Parkinson de los dictadores: Franco, Hitler…) distorsionador y degradante.

Autor: Dr. Adolfo de la Peña Llerandi
Geriatría Clínica y Social, miembro de la SEGG y de la SGGG 2003

Referencias
Acton, J. E. E. D. (1948). Letter to Mandell Creighton. En: Enssays on freedom and power. Glencoe, IL: Free Press, pp. 358-367.
McClelland, D. C. (1975). Power: The inner experience. New York: Irvington.
Nye, S. J. (2003). La paradoja del poder americano. Taurus, Madrid.
Russell, B. (1938). Power: A new social analysis. London: Allen & Unwin.
Schmookler, A. B. (1994). The parable of the tribes. The problem of power in social evolution. Berkeley. University of California Press.
Domínguez Trejo, B (2003). Autoritarismo. Ideas sobre: dimensiones psicológicas del abuso del poder. Universidad de México.

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